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10/2/15

Los libros de cuentos

«Era, sencillamente, que la consideraba una gran artista. Tan buena como Flaubert.» Este juicio de Truman Capote quizá no ilustre tanto las virtudes narrativas de Willa Cather como su gran influencia en la literatura norteamericana del siglo XX. En este volumen se reúnen todos los libros de cuentos que la autora publicó o proyectó en vida: son, en total, dieciocho piezas que, de 1905 hasta 1947, el año de su muerte, cubren la evolución en el género del cuento y la nouvelle de una escritora dispar, con una sensibilidad excepcional para plasmar los efectos del paso del tiempo y del cambio de espacio en la vida de unos personajes comúnmente desarraigados, o bien rebeldes a un arraigo que confina sus deseos y sueños. La nostalgia no es aquí un sentimiento simple ni una pura especulación romántica: los trabajadores de las ciudades pueden añorar los campos abiertos, pero en el condado de Red Willow en Nebraska una mujer sabe que su vida está incompleta si no puede asistir a una matinée de Wagner. Si a algunos personajes la belleza les parece indisociable de «cierta dosis de artificiosidad», para otros el idealismo no es más que «esa difusa e inútil respuesta a las insondables preguntas de la vida». Naturaleza y arte, campo y ciudad, pasado y presente configuran las fracturas que dividen a los héroes y heroínas de estas narraciones, siempre en torno a una pérdida, y a la sensación de quien se halla «lejos de su propio mundo e incapaz de volver al nuestro».



Para mayores de cuarenta

«Hacia 1922 –dice Willa Cather en el preámbulo de este libro– el mundo se partió en dos»: la Primera Guerra Mundial había marcado un antes y un después en la historia de la cultura occidental, y hacia «los siete mil años del ayer», y para los «rezagados» en esos años, quiso dirigir la autora los recuerdos, impresiones y ensayos de Para mayores de cuarenta (1936). Esbozos de teoría de la novela y aproximaciones críticas a la obra de escritores como Thomas Mann o Katherine Mansfield alternan en esta colección con semblanzas de nobles y antiguas mujeres a las que conoció y que, por su «verdadero genio de supervivientes», recuerdan a las heroínas de sus novelas: madame Caroline Grout, la sobrina de Flaubert, a quien éste dedicó algunas de sus más célebres y tiernas cartas; la señora Fields, viuda de un editor de Boston, que vivió lo suficiente para conocer a Shelley y a los cubistas; y Sarah Orne Jewett, la escritora de Maine, que «se conformaba con pasar desapercibida, si con ello podía seguir siendo ella misma». Una defensa a ultranza de la personalidad y de la experiencia, de la imbricación entre literatura y vida, caracteriza estas páginas breves, melancólicas e intensas, de un lirismo y una imaginación excepcionales.